Por Mark Henry

En 1 Pedro 3:7 encontramos una exhortación poderosa: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”.

Honra a tu esposa. Ella es coheredera “de la gracia de la vida”. Es la hija amada de Jesús. Él entregó su vida por ella. Tú puedes edificarla o perjudicarla. Si la perjudicas, tendrás que responder ante Dios. ¿Quieres que tus oraciones no tengan estorbo? Honra a tu esposa. Un hombre puede honrar a su esposa de muchas maneras.

HONRA A TU ESPOSA EN ORACIÓN
Orar unos por otros no es solo una expresión de amor; también es un amplificador de amor. Cuando oramos por otros o con otros, nos involucramos con sus luchas, dificultades, altibajos emocionales, tentaciones y triunfos. “Déjame orar por ti” no es una frase de menosprecio ni tampoco de santurronería; es un acto de edificación.
No solo ores por tu esposa. Ora con ella. Es probable que nadie concuerde contigo en oración de forma más perfecta (Mateo 18:19). Y nada producirá un nivel más profundo de intimidad y de amor que derramar juntos su corazón a Dios en adoración, súplica y sumisión.

HONRA A TU ESPOSA CON TUS PALABRAS
Es crucial honrar a nuestra esposa con las palabras que usamos cuando hablamos de ellas y con ellas. Hay una multitud de chistes sobre las esposas que, cuando los consideras, resultan no tan graciosos. Algunos usan estos chistes como garrotes policiales. No estoy diciendo que no puedes bromear, pero, siempre que lo hagas, debes reconocer que, incluso en esos momentos, es tu responsabilidad honrar a tu esposa.

En 1 Tesalonicenses 5:11 se exhorta a los cristianos: “edificaos unos a otros”. Si esto se aplica a todos tus hermanos y hermanas en Cristo, ¿cuánto más se aplicará también a tu esposa? Edifícala. No la perjudiques. Y recuerda que nada edifica ni lastima tanto como lo que dices (Santiago 3:1-10). Piensa en las palabras que usas cuando hablas de tu esposa con tus hijos, con tus compañeros de trabajo, con tus padres o con tus hermanos. ¿Escuchas palabras que honran a la mujer que Dios te ha dado como tu socia de por vida? Pronuncia palabras que la honren. Exprésate así de ella y delante de ella. Dios te pedirá cuentas de las palabras que usas respecto a tu esposa.

HONRA A TU ESPOSA CON TUS ACTOS
Jera y yo compramos nuestra primera casa en Parachute, Colorado. La casa databa de 1922. En Aspen, se había utilizado para alojar mineros. Más tarde, la movieron casi trescientos kilómetros (180 mi) hasta Parachute. Cuando compramos esta minúscula casa, era la más barata que pudimos encontrar.

Cuando compras la casa más barata, es de esperar que surjan problemas. Tres días después de mudarnos, nuestra hija perforó un cable interno de la casa con un rastrillo de acero. Salieron chispas y comenzó a levantarse una humareda. Jera me llamó a mi oficina en la iglesia: “La casa se va a quemar”. Yo hice lo que harías tú: salí corriendo hacia la casa, llevé a Jera y a los niños a un lugar seguro y corté los cables eléctricos que conectaban la casa al suministro eléctrico municipal. En verdad que, por la gracia de Dios, todos salimos ilesos. Sin embargo, la casa… bueno, digamos que requirió de muchos cuidados y amor.

Mis acciones en ese momento de crisis honraron a Jera y sus necesidades, pero los años que le siguieron fueron los más difíciles. Teníamos una lista gigantesca de reparaciones indispensables: reconectar el suministro eléctrico de la casa, renovar la instalación eléctrica, volver a instalar el aislante, colocar un respiradero en el ático, etcétera. Jera también tenía una larga lista de “cosas por hacer, cariño”: construir un nuevo cuarto, comprar una máquina lavavajillas, renovar la pintura, colocar un segundo baño, entre otras.

A largo plazo, mirar un partido de fútbol tiene poca trascendencia, pero completar esa lista de “cosas por hacer, cariño” tiene consecuencias eternas porque, al hacerlo, honramos a nuestra esposa. Dios sonríe… y escucha nuestras oraciones.

HONRA A TU ESPOSA CON TU VIDA
Quiero honrar a Dios con mi vida. Y quiero honrar también a Jera. Mi conducta (las cosas que digo y la forma en que me comporto) la afectan de alguna manera. Estas cosas dan honra a Dios y a Jera o bien vergüenza a Dios y a mi esposa. No hagas nada que avergüence a tu esposa. Que toda tu vida le muestre honor y respeto.

Piensa en ese político qué cayó en desgracia porque lo descubrieron en una infidelidad con una becaria y que se sube a un podio y confiesa al público y, al mismo tiempo, asegura que será un hombre transformado en el futuro, que nunca volverá a suceder. Allí, a su lado, en bochorno, vergüenza y deshonra, está su esposa. Puede que no seas político, pero tu forma de vivir la afecta también a ella. Que tu efecto sobre su carácter sea brillante y resplandeciente, no oscuro, de mal gusto ni corrupto. Esto no solo tiene que ver con cosas trascendentales y públicas. También podemos honrar a nuestra esposa de mil pequeñas maneras. Hace años, algunas amables mujeres en la iglesia que pastoreaba vinieron a mí con una sugerencia:

—Pastor Mark, hemos conversado y pensamos que se vería mucho mejor si se rasura la barba.

Creo que habrían estado dispuestas incluso a comprarme un rastrillo. Sin embargo, no me dejé persuadir. La decisión no estaba en sus manos… ni siquiera en las mías. Les respondí:

—A Jera le gusta cómo me veo con barba. Si a Jera le gusta, así me quedaré.

En pocas palabras, estoy comprometido con honrar las preferencias de Jera por sobre las de todos los demás.

Recientemente fui a comer con un amigo pastor. Él tenía un cuerpo atlético y estaba en forma, de manera que no pude evitar intentar engordarlo un poco. Traté de ofrecerle algún platillo con carbohidratos. Él me dijo:

—No gracias, no puedo comer nada de eso.
—¿Por qué no? —le pregunté. Supuse que tal vez tendría alguna alergia alimentaria.

Él me respondió:
—Es que estoy intentando mantener en forma mi cuerpo para mi esposa. Él estaba honrando a su esposa incluso con la forma en la que comía.

Vivía de forma intencional para honrarla.

Un hombre de verdad, como hay que aspirar a ser, honra a su esposa.

Texto tomado del capítulo 23 del libro El Código, de Mark Henry.